Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años.
(Génesis 6:3 RVR1960)
Hace algunos años, alguien me dijo que ante Dios no existe el tiempo. Recientemente, escudriñé las Escrituras y vi la visión de Juan en Apocalipsis 7:14: una revelación de eventos que aún no habían ocurrido. Esto no fue solo una visión; ¡Dios llevó a Juan al futuro! Vemos la interacción de Juan con el anciano y, por el uso del tiempo verbal, entendemos que no se refiere a un futuro, sino a algo que ya había sucedido; esto nos muestra que Dios llevó a Juan a un punto en el tiempo posterior a los eventos del fin de los tiempos; el principio del fin. Esto confirma que ante Dios, el tiempo no es nada. Verdaderamente, los secretos pertenecen a Dios.
El tiempo comenzó para el hombre con su caída en el jardín del Edén. Adán y Eva disfrutaban de una comunión eterna con Dios, llevaban una vida sin pecado y vivían despreocupados, dedicados al cuidado del Jardín del Edén y esperando el encuentro diario con Dios. Para ellos no existía el tictac del tiempo ni la necesidad de un reloj.
De hecho, no tenían prisa por hacer nada porque disponían de todo el tiempo del mundo. No había urgencia, procrastinación, paciencia, espera ni envejecimiento. La teoría del tiempo de Einstein les resultaba un concepto ajeno. ¿Te lo imaginas? El día y la noche para ellos simplemente significaban que debían descansar para no sobrecargar el cuerpo, nada más.
Pero en el momento en que el hombre pecó, todo cambió. Adán y Eva se vieron de repente lidiando con problemas que nunca antes habían enfrentado. Comenzaron a envejecer y, a medida que sus fuerzas disminuían, la urgencia se hizo presente; La urgencia por comprender mejor el mundo antes de morir, la urgencia de dejar un legado se volvió abrumadora, la urgencia práctica de asegurar recursos, de tomar decisiones que no desperdiciaran tiempo, la urgencia de fortalecer los lazos con los seres queridos porque no estarían para siempre, Eva descubriendo que le llegaba la menopausia y que debía dar a luz antes de cierta fecha, se vio tan ocupada que de repente no tenía tiempo; así comenzó la frenética carrera: la lucha diaria por acumular riqueza.
Lo más importante es que la mortalidad significaba perder la comunión diaria e íntima con Dios. Ya no podían consultarle sobre asuntos confusos, y la comunicación con Él se hizo más difícil. Las repercusiones de una sola desobediencia fueron mucho mayores de lo que esperaban. Por lo tanto, el reloj no es solo un instrumento para llevar la cuenta del día; es un recordatorio de la fugacidad de la vida.
En medio de esta realidad, hay una verdad en Juan 3:16: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (RV1960). Este pasaje bíblico nos muestra que, al aferrarnos a Dios, obtenemos algo incluso mejor que el Edén: la vida eterna en el cielo con Dios. En ese momento, la Biblia dice: «el tiempo se acabará» (Apocalipsis 10:6 RV1960).
¿Te has dejado atrapar por la rutina, olvidando el fin de los tiempos? ¡Es hora de despertar antes de que el tiempo termine!
Oración: Señor, al final de los tiempos quiero estar en el cielo contigo.
John Oguntoyinbo
Traducido al español por Pascal Lambert
