Escrito en octubre de 2024
Cualquiera que haya viajado internacionalmente en avión puede comprender las dificultades que conlleva el cambio de horario. Dado que viajar en coche, tren o barco te lleva a tu destino lo suficientemente lento como para que tu cuerpo se acostumbre a las diferentes zonas horarias, el fenómeno que provocan los viajes en avión se conoce cariñosamente como “jet lag”.
La primera vez que experimenté jet lag fue en mi primer viaje a Europa en los años 80. No entendía por qué, después de un viaje en avión tan largo y agotador, ¡no podía dormir más de una o dos horas! Esto fue aún peor cuando viajamos a Nueva Zelanda y Australia, con cambios de horario de 18 y 14 horas respectivamente. ¿Por qué, entonces, me sorprendí tanto al no poder dormir después de un cambio de horario de 12 horas en mi reciente vuelo a China? Me llevó más de una semana aclimatarme a la nueva zona horaria, y ahora, dos días después de mi regreso, ¡no he podido dormir nada!
Esto se debe a que nuestros cuerpos tienden a seguir un cierto ritmo. Cuando ese ritmo se rompe, nos desequilibra por completo.
Parece que los cambios en nuestro ritmo no siempre se deben al jet lag. Hace poco tuve que internar a mi esposo en una residencia de ancianos. Quizás no cambié de zona horaria, pero me desequilibré por completo. Nada era como debería haber sido, y mi sistema estaba completamente alterado. Puede que esto no fuera consecuencia de un largo viaje en avión a una zona horaria completamente diferente, pero cualquier cambio en nuestro ritmo habitual altera por completo nuestros ciclos vitales.
Sabemos que los cambios eran inevitables, pues el hombre más sabio del mundo nos dice que todo tiene su tiempo (véase Ecl. 3:1). Por eso Jesús dice que en este mundo tendremos aflicción (véase Juan 16:33).
Jesús también sabe que el cambio trastorna el ritmo natural de nuestras vidas, pues nos da la solución a tales cambios en este versículo frecuentemente citado de Mateo 11: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les haré descansar. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (vv. 28-30 NVI).
Creo que muchos citamos este versículo a la ligera, entendiendo que su significado es el siguiente: le entregamos nuestros problemas a Jesús y no hay consecuencias. Sin embargo, si profundizamos en este conocido pasaje, vemos que Jesús revela una verdad vital: ¡Entregar nuestras cargas a Jesús no significa que las cosas se vuelvan fáciles! ¿Por qué, si no, diría Jesús: «Carguen con mi yugo…»? No sé ustedes, pero la palabra «yugo» no evoca una sensación de libertad. Se espera que un buey al que se le da un yugo no solo lleve una carga, sino que también esté bajo la guía y el control del arriero. Jesús continúa diciendo: «Porque mi yugo es cómodo y mi carga ligera». Las palabras «cómoda» y «ligera» parecen evocar la idea de que, una vez que le entregamos los problemas a Jesús, ya no sufrimos más. Sin embargo, la referencia al «yugo» y a la «carga» no nos da una sensación de bienestar, ¿verdad? Más bien, nos dice que las cosas no serán necesariamente cómodas.
En resumen: los cambios son inevitables; e incluso cuando se los entregamos a Jesús, ¡no significa que no sufriremos consecuencias! Al igual que el avión nos deja con jet lag, sin poder dormir hasta que nuestros cuerpos tengan tiempo de «ponerse al día» con la hora local, los cambios en la vida también nos desorientan, y entregar nuestras cargas a Jesús no elimina todo el dolor que tendremos que soportar. Lo que sí hace, sin embargo, es asegurarnos que, a pesar de todo, tendremos descanso para nuestras almas y que las cargas que llevamos se volverán cómodas y ligeras.
Supongo que podría haberme negado a viajar a China. Así no habría tenido que lidiar con el cambio de hora y el consiguiente jet lag; pero también me habría perdido la boda de mi hijo, por no hablar de la excelente y auténtica gastronomía china, de aprender sobre la cultura y de escalar la Gran Muralla. No siempre tenemos el lujo de elegir los cambios que se nos presentan en la vida, pero podemos estar seguros de que cuando confiamos en Jesús, cuando le entregamos nuestras cargas y nos entregamos por completo a Él, nuestras propias dificultades serán mucho más cómodas y ligeras. Y al final, quizás también salga algo bueno de la situación, porque ¿no promete Dios que todas las cosas obran para bien (ver Romanos 8:28)?
Son las 11:30 a. m. en mi zona horaria actual… ¡Quizás debería ir a echarme una siesta! ¡Quizás así no me sentiría tan cansada después de no dormir en toda la noche!
Han pasado 4 semanas desde que interné a mi esposo en una residencia de ancianos… Todavía me duele, pero elijo “tomar una siesta”, entregarme a Jesús y dejar que Él me guíe.
¿Y tú?
En su amor,
Lyn
Lynona Gordon Chaffart
Autora, Moderadora, Directora Interina, Ministerios Answers2Prayer
Traducido por Pascal Lambert
