En mi terraza tengo una planta de fresas en maceta que le compré a mi esposa para su cumpleaños. Era pequeña pero de aspecto saludable; eso influyó en mi decisión de pagar 23 dólares por ella, pues parecía que, con los cuidados adecuados —incluyendo agua y fertilizante—, duraría toda la temporada de crecimiento y nos daría fresas frescas directamente de la planta. Un día, se desató una fuerte tormenta de viento que tiró la planta del soporte colgante de la terraza y la hizo caer sobre el césped. Una fresa, que aún no se había desarrollado ni madurado del todo, se desprendió y quedó tirada en el suelo. No pasó mucho tiempo antes de que la fresa comenzara a marchitarse, ya que había perdido su conexión con la planta.
Estoy casi seguro de que has escuchado este versículo bíblico de Juan 15. Este pasaje destaca que, como creyentes en Jesucristo, mantener una conexión constante con Él es indispensable para evitar marchitarnos y, con ello, impedir el desarrollo del fruto espiritual en nuestras vidas tal como Dios lo planeó.
«Yo soy la vid; ustedes son las ramas. El que permanece en mí, y yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden hacer nada. El que no permanece en mí es desechado como rama y se seca; luego se recogen las ramas, se arrojan al fuego y se queman». (Juan 15:5, 6)
Cuando la fresa se separó de la planta y dejó de recibir los nutrientes vitales que esta le proporcionaba, reflexioné sobre lo mucho que esto se asemeja a nuestra fe. Separados de Dios —sin cultivar nuestra relación con Él ni dedicar tiempo a su Palabra y a la oración—, corremos el riesgo de marchitarnos; y, según la Biblia, si dependemos únicamente de nuestras propias fuerzas, no podemos hacer nada.
Debemos permanecer unidos a Jesús, la vid verdadera, quien es nuestra fuente de alimento y bienestar espiritual. Al igual que la vid nutre a sus ramas, nuestra conexión con Él permite que nuestras vidas den fruto; un fruto que Dios utiliza no solo para bendecirnos a nosotros mismos, sino también para bendecir a otros mediante vidas transformadas, extendiendo así el Reino de Dios en el proceso. Si retrocedemos a Juan 15 y leemos los versículos 1 y 2, Jesús nos dice básicamente lo mismo, aunque utiliza palabras ligeramente diferentes a las de los versículos 5 y 6.
«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Toda rama que en mí no da fruto, él la corta; y toda rama que da fruto, la poda para que dé más fruto».
Ha habido momentos en los que no he cultivado mi relación con Jesús y, al haber vacilado, me siento desconectado de la vid espiritual de mi Padre celestial. Por experiencia propia, sé que estar separado de la vid no es una situación agradable, y de ninguna manera lo recomiendo.
Mientras escribo estas líneas, veo muchísimas fresas en la planta de mi esposa; algunas están rojas y otras verdes, pero todas siguen madurando hasta alcanzar su máximo y delicioso potencial. Esto se debe a que cada fresa se ha beneficiado del agua, el fertilizante, el calor y una buena tierra. Y, lo más importante, mantienen su conexión con la planta. Para dar fruto en nuestras vidas, necesitamos depender totalmente de Jesús y permanecer unidos a Él cada día.
Separados de Él, realmente no podemos hacer nada.
Paul Smyth
Traducción al español: Pascal Lambert
